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Mamá, yo no quiero ser soldado

Por Celia Domínguez Gimbernat

Jugar con palos y bolas de papel como munición, y la casa del árbol como fuerte de alta seguridad es algo que puede entretener a un pequeño durante toda una tarde. Pero no más allá.

En los últimos años, países como Pakistán, Sierra Leona, Colombia, o Timor Oriental han obliigaso, entre 300.000 o 500.000 niños y niñas,  a participar en guerras como si fueran hombres o mujeres adultos. Las niñas (un 40%) sufren además, abusos sexuales.

La violación de la mayoría de los Derechos Universales del Niño por las Naciones Unidas, entre los que se encuentran, “El niño, para el pleno desarrollo de su personalidad, necesita amor y comprensión” ; “El niño tiene derecho a recibir educación que será gratuita y obligatoria por lo menos en las etapas elementales” ; “No deberá permitirse al niño trabajar antes de una edad mínima adecuada”, y muchos más ejemplos como este que reflejan si no, la injusticia y mal desarrollo en que se encuentran estos pequeños, la crueldad y frialdad con la que construyen la base de su vida, la infancia, y que será la que sostendrá su futuro. C

La lógica nos indica que, si construyes una pirámide y ya desestabilizas el primer escalón, el resto no tardará en venirse abajo. Solo intento mostrarles, con mi relato, "Mamá, yo no quiero ser soldado" que no todos los niños y niñas del mundo viven en las mismas condiciones, y que lo que hay más allá del Nuryana es una realidad absolutamente distinta a la nuestra.

 

 

Mama, no quiero ser soldado

“O eso me hubiera gustado decirle, si me lo hubieran permitido aquellos hombres fuertes que vinieron a casa el domingo. Me preocupaba que mi madre pensara que cuando iba a jugar a la “guerra” con palos, barro y sacos a la calle con mis vecinos, era algo con lo que yo quería decir que deseaba ser como papá e ir al ejército.

Papá ya me lo había dicho, que los hombres teníamos que defender el país, pero no pensé que de verdad fuera ahora.

Me desperté, confundido porque realmente no recordaba haberme dormido.

Algo me tapaba el cuerpo, una manta y la superficie donde estaba sentado no para de temblar, permanecí quieto, atento, apoyado en una pared cálida e incómoda. Se oían susurros, había alguien más.

Me destapé, varias miradas se fijaron en mi en cuanto lo hice. Eran niños como yo, también algunas niñas. Algunas de ellas lloraban, reconocí a una enseguida, Joanna, mi vecina. Apoyaba su cabecita en el hombro de khalid, su hermano mayor.

Dejé de pensar que sería una aventura divertida en cuanto llegamos allí. Había muchísimas casetas, una detrás de otra, y campos más grandes que los de futbol del pueblo, y cientos de hombres vestidos de verde corriendo y jugando- supuse. No me parecía divertido.

Los hombres empezaron a gritarnos. Nos obligaron a ponernos ropas verdes que nos quedaban grandes.

Cada día que pasaba me preguntaba las mismas cosas, ¿Dónde está mi mamá?, ¿y papá? ¿Y mi casa? ¿Dónde está mi hermanita bebé? Tenía pesadillas en las que no los volvía a ver, y Khalid me acariciaba el pelo y me decía “enano, cierra los ojos y pasará pronto.”

Una mañana, dos hombres entraron en la caseta y preguntaron si había algún niño que supiera de mecánica. Yo señale a Khalid. En casa siempre me ayudaba a arreglar la bici y reparo una vez el tejado. Se fue, no sin antes abrazar a su hermana y susurrarme al oído “cuida de ella, enano”.

Aquella noche no tuve a nadie que me abrazara.”

Y veinte años más tarde tampoco. Ya no quedaba nadie más con quien tejer un futuro. Joanna se había ido y el resto también. Mis pocos amigos del trabajo tenían fotos de cuando eran niños. A mí solo me quedaba una herida de bala y una pierna inmóvil, aunque también, eso sí, miles de experiencias que no deseo a nadie.

Escuché la radio hasta caer dormido, y volver a los sueños en que mi mama nunca me soltó la mano.

 

Celia Domínguez Gimbernat, 4º A de la ESO